5th Congress Autism-Europe
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Autism-Spain

AUTISMO Y EPILEPSIA: Prevalencia, etiología e importancia clínica

Dr. Angel Diez Cuervo
Especialista en Neurología y Psiquiatría
Asesor Médico de las Asociaciones Nuevo Horizonte y Pauta
Avda. de Pablo iglesias, 24
28003 Madrid (España)

1. INTRODUCCION

La asociación de autismo infantil y epilepsia es un hecho observado en numerosos estudios, con una concurrencia de ambos trastornos que oscila del 10 al 35 por ciento, según las edades de las poblaciones estudiadas, advirtiéndose que su incidencia adquiere la forma de una curva bimodal con porcentajes superiores antes de los cinco años de edad y a partir de la pubertad- adolescencia (Deykin y MacMahon, 1979; Diez Cuervo, 1982, 1989; Fish y Ritvo, 1979; Gillberg, 1984a; Gillberg, 1990; Kanner, 1971; Lotter, 1967, 1974; Oisson, 1988; Rossi et al., 1995; Rutter, 1970; Rutter et al., 1967; Schain y Yannet, 1960; Voikmar y Dougias, 1990; Wing y Gould, 1979).

Aunque la presentación de epilepsia parece tener una mayor incidencia respecto a la gravedad del retraso mental concomitante en el autista, no es infrecuente que aparezca en autistas con retraso mental ligero e, incluso, inteligentes (Corbett,1983; Diez Cuervo, 1982; Rutter, 1980), sospechándose que la conexión entre autismo V epilepsia podría ser más específica V no estar sólo mediatizada por el denominador común del retraso mental, Va que la tasa más alta de epilepsia entre los autistas que entre las poblaciones estudiadas de retrasados mentales, V los picos de edades característicos de presentación argumentan en favor de esta hipótesis (Coleman v Giliberg, 1985), sin que tampoco el alto porcentaje de aparición de crisis epilépticas, a partir de los 11 años de edad, pueda ser el resultado de la maduración sexual, pues debería suceder igual en la población general de esas edades, lo que no ha podido comprobarse en ninguno de los estudios epidemiológicos realizados (Camf ield et al., 1996; Cooper, 1965; Gibbs V Gibbs, 1963; Hauser V Kuriand, 1975; Olier-Daurella V Olier Ferrer-Vidal, 1981). Existen numerosos trabajos que confirman la presentación de crisis epilépticas en sujetos con trastorno autista

Tabla 1. Estudios sobre autistas y epilepsia

AutorEdadAutistasEpilepsia%Epilepsia/Autistas
Rutter et al.,19675-19631015.9
Rutter, 197015-29631828.6
Kanner, 197129-3911218.2
DeMyer et al., 19739-151201714.2
Lotter, 197416-1829310.3
Deykin/MacMahon, 19793-181321712.9
Negron et al., 19813-1859915.2
Tsai et al., 19813-201022322.5
Diez Cuervo, 19822-201042019.2
Jacobson/Janicki, 19830-214555011.0
Jacobson/Janicki, 1983+22841517.9
Gillberg y Steffenburg, 198716-2323626.0
Diez Cuervo, 19893-251864021.5
Volkmar/Nelson, 19902-331924121.5
Tuchman et al., 19911-163024214.0
Wong, 19934-12145117.6
Rohmer et al., 19952-161442417.0
Rossi et al., 19953-311062523.6

advirtiéndose en todos ellos el incremento de la incidencia de crisis epilépticas en relación con el aumento de las edades de las muestras estudiadas, siendo significativa la comparación entre los seguimientos realizados en el mismo grupo de autistas (Rutter et al., 1967; Rutter, 1970; Kanner, 1943, 1971) sin otra causa conocida que lo justificara más que el aumento de la edad.

La evidencia con que la epilepsia parece asociada al autismo hace sospechar que puedan existir algunos subtipos de autismo más propensos a padecería, como ocurre en niños autistas que, en sus primeros meses de vida, han padecido espasmos infantiles con hipsarritmia (síndrome de West) en porcentajes del 10 al 18 por 100 de los casos (Corbett, 1982; Coleman y Giliberg, 1985; Diez Cuervo, 1982; Hunt y Dennis, 1987; Hunt y Shepherd, 1993; KnobloCh et al., 1956; Koivin et al., 1971; Lawior y Maurer, 1987; Riikonen Y Amneli, 1981; Schain y Yannet, 1960; Taft y Cohen, 1971; WakSChiag et al., 1991), habiéndose sugerido una conexión entre espasmos infantiles, autismo y esclerosis tuberosa, descartándose que este aumento de autismo en niños con síndrome de West pueda ser sólo la consecuencia del retraso mental (Giliberg, 1984b; Riikonen y Amneli, 1981).

Asimismo, numerosos autores (Corbett, 1982; Diez Cuervo, 1982; Gillberg, 1991; Oisson et al., 1988; Schreibman y Charlop, 1993) sugieren que las crisis parciales complejas con afectación focal de los lóbulos temporales son las que con mayor frecuencia se presentan en el trastorno autista, y que sus porcentajes podrían verse incrementados sino quedaran inadvertidas en muchos casos por las dificultades diagnosticas que supone la propia inaccesibilidad y la escasa utilidad del registro EEG convencional, el que las padezcan niños con tan pobre comunicación, lo que hace que sean desconocidas tanto desde el punto de vista clínico como en el entorno familiar y en los centros en donde son atendidos, al considerar a estos episodios como manifestaciones de agudización o comportamientos añadidos a la conducta peculiar de estos niños, según se ha podido confirmar en diversos trabajos (Corbett, 1982; Devinsky y Bear, 1984; Diez Cuervo et al., 1987; Engel et al., 1986, 1991; Giliberg y Schaumann, 1983; Giliberg y Wahistrón, 1984; Stores et al., 1991; wieser, 1991), comprobándose además que, en numerosas ocasiones, la instauración de un tratamiento farmacológico (carbamacepina, ácido valproico, vigabatrina ... ) y, en otras, el abordaje quirúrgico controlan o mejoran estos episodios y, consecuentemente, la conducta global del paciente, aunque sigan manteniéndose las características fundamentales de su autismo. incluso, en algunas ocasiones, el diagnóstico de crisis generalizadas tónico-ciónicas enmascara el origen parcial del episodio por la rápida generalización secundaria que sólo en ocasiones lo resuelven registros EEG críticos.

2. MATERIAL Y MÉTODOS

La investigación se ha llevado a cabo en un total de 238 pacientes que reunían los criterios de trastorno autista (DSM-IV; American Psychiatric Association, 1994). La muestra es el resultado de la población estudiada en anteriores trabajos (Diez Cuervo, 1982; 1989), a la que se han añadido 52 nuevos casos, todos ellos con un seguimiento mínimo de un año. Los 238 casos de la muestra incluyen 192 varones (80.7) y 46 hembras (19.3), con una proporción de 4.2:1. Las edades oscilaban entre los dos y los 33 años, con una media de 19.2 (+6.0), no existiendo significación estadística entre las edades de ambos sexos. La distribución de la muestra se indica en la Tabla 2.

Tabla 2. Distribución de la muestra total de autistas por edades y sexo

Edades(años)NN(V-M)%%(V-M)
0-57(6-1)2.9(2.5-0.4)
6-1019(16-3)8.0(6.7-1.3)
1-1522(16-6)9.2(6.7-2.5)
16-2069(58-11)29.0(24.4-4.6)
21-2578(61-17)32.8(25.6-7.2)
26-3038(30-8)16.0(12.6-3.4)
31-355(5-0)2.1(2.1-0.0)
N=Número de casos,V=Varones, M=Mujeres

El tiempo de seguimiento osciló de uno a 28 años, con una media de 11 años y cuatro meses, debiendo advertir que en 36 casos el motivo de la primera consulta se debía a la presentación de crisis epilépticas, estando previamente diagnosticados como autistas en otros servicios.

En nuestra población de autistas con epilepsia no encontramos ninguno que alcanzara en las evaluaciones de nivel mental puntuaciones medias consideradas dentro del promedio normal. Así, en 40 casos (65.5) sus CC.II. eran inferiores a 0.50 (de ellos, 31 inferiores a 0.30), en 14 casos (23.0) oscilaban entre 0.50 u 0.70, y sólo en siete casos (11.5) eran discretamente superiores a 0.70.

A todos los pacientes se les realizó registros EEG en distintos momentos evolutivos, con intervalos periódicos y en diferentes situaciones, habiéndose utilizado estudios convencionales, la mayoría tras privación parcial o total de sueño, registros polisomnográficos y, en los últimos años, registros con monitorización ambulatorio y cartografía cerebral, lo que ha permitido encontrar un aumento del porcentaje de hallazgos patológicos en niños con estudios anteriores considerados como normales

3. RESULTADOS

Del total de 238 casos que componen la muestra estudiada, 61 casos (25.6) desarrollaron crisis epilépticas, de ellos 36 varones (59.0) y 25 mujeres (41.0), con una presentación de curva bimodal, respecto de la edad, como se muestra en la Tabla 3, donde se advierte una

Tabla 3. Edad de inicio de las crisis en el grupo autista

Edad(años)NN(V-M)%%(V-M)
<110(7-3)16.4(11.5-4.9)
1-59(5-4)14.7(8.2-6.5)
6-105(3-2)8.2(4.9-3.3)
11-1523(13-10)37.7(21.3-16.4)
16-2010(5-5)16.4(8.2-8.2)
21-254(3-1)6.6(4.9-1.7)

aparición importante antes de los cinco años de edad en 19 casos (31.1) y un pico a partir de las edades que corresponden a la pubertad-adolescencia, que totalizan 33 casos (54.1), lo que parece confirmar el riesgo incrementado de presentar crisis epilépticas en estas últimas edades, con una incidencia manifiestamente inversa a la que aparece en la población general. Resulta significativo que, a pesar de que en la muestra global los porcentajes de autistas varones (80.7) respecto de las mujeres (19.3) indican una proporcionalidad de 4.1:1, los porcentajes de autistas varones epilépticos (59.0) respecto de las mujeres (41.0), se sitúan únicamente en 1.4:1, lo que sugiere una afectación más grave en las mujeres respecto de los varones autistas, hipótesis ya aportada por otros trabajos (Diez Cuervo, 1982; Lotter, 1967; Tsai et al., 1981; Wing y Gould, 1979)

En la Tabla 4 se muestran las anomalías de estos registros donde puede observarse un elevado porcentaje de actividad focal (ondas lentas, puntas, punta-onda y polipunta-onda) en 41 casos (67.1), en su mayoría con afectación focal de los lóbulos temporales.

Tabla 4. Hallazgos EEG en los autistas epilépticos

Anomalía PrincipalN%
Focalidad temporal izquierda1422.9
Focalidad frontotemporal izquierda914.7
Focalidad temporal derecha69.8
Focalidad parietotemporal izquierda58.2
Focalidad bitemporal46.6
Focalidad frontal izquierda34.9
Punta-onda lenta generalizada813.2
Punta-onda a 3 c/s23.3
Actividad paroxística generalizada34.9
Punta rolándicas11.6
Sin significación epiléptica69.8

Esta Tabla se indica únicamente la anomalía más significativa de las encontradas en cada uno de los sujetos, ya que en algunos coexisten varias alteraciones en los distintos registros realizados, no siempre coincidentes por la propia evolución madurativa cerebral, la aparición creciente de anomalías, la influencia de las medicaciones, la utilización de distintas técnicas y estimulaciones, etc., sin olvidar la importancia de la conocida desaparición y/o migración de la actividad focal desde áreas posteriores a zonas anteriores del córtex cerebral con el transcurso de los años (Gibbs y Gibbs, 1954a, 1954b, 1963). Por ello, el criterio ha sido reflejar el hallazgo más significativo cuando el autista era diagnosticado como epiléptico, o el que más frecuentemente ha aparecido en los estudios de seguimiento. Tampoco se reflejan los 14 casos de hallazgo inicial de espasmos infantiles con hipsarritmia (síndrome de West), aparecido antes del año de edad, al estar incluidos en los hallazgos posteriores (cuatro casos normalizados, cinco con afectación focal del lóbulo temporal y otros cinco con descargas generalizadas de punta-onda lenta y sintomatología de Síndrome de Lennox-Gastaut).

La necesidad de repetir los estudios neurofisiológicos en aquellos casos en los que se sospeche la presentación de manifestaciones clínicas de semiología epiléptica con registros previos normales, ha sido confirmado al utilizar nuevas técnicas tanto instrumentales como de recogida del trazado. En un estudio piloto (Diez Cuervo et al., 1987) realizado en 38 niños autistas y un grupo control con la finalidad de valorar su actividad bioeléctrica cerebral, mediante cartografía espectral (mapping), en situación de reposo y en otras de activación cerebral, se encontraron tres casos de epilepsia oculta en la muestra de los autistas, cuyas manifestaciones críticas habían sido interpretadas como agudización de la conducta peculiar de estos niños, y que tenían todos registros EEG anteriores normales.

En los últimos años, la posibilidad de realizar exploraciones de neuroimagen en estos pacientes ha permitido la localización y tipificación de alteraciones estructurales cerebrales en sujetos previamente diagnosticados como exentos de anomalías. En esta muestra se han realizado estudios neurorradiológicos a 54 (88.5) de los 61 autistas epilépticos, con 42 estudios de topografía axial computarizada (TAC) y 53 de resonancia magnética nuclear (RMN), habiéndose realizado ambas pruebas a 27 pacientes, encontrándose en 12 de ellos (44.4), que tenían exploraciones anteriores TC normales, hallazgos claramente patológicos, confirmándose lo señalado en las series revisadas en la literatura sobre esta cuestión. Dada la superior sensibilidad de la RMN para la localización y precisión diagnostica de la alteración subyacente cerebral, se omiten los hallazgos en las TC, y en la Tabla 5 se muestran únicamente el hallazgo más significativo obtenido con RMN, advirtiendo que, como suele ser frecuente en estos pacientes, algunos casos eran portadores de más de una alteración.

Tabla 5. Hallazgos neuradiológicos en autistas epilépticos (RMN)

Anomalía PrincipalN%
Esclerosis tuberosa611.3
Esclerosis temporal medial/hipocampo47.5
Tumoración temporal35.7
Atrofias corticales47.5
Hemimegalencefalia11.9
Porencefalia23.8
Atrofia cereberlosa/hipoplasia vermis cerebeloso47.5
Dilatación ventricular/mielinización incompleta35.7
Polimicrogiria/Paquigiria35.7
Agenesia/hipoplasia del cuerpo calloso59.4
Sin interés patológico1834.0

No se han efectuado estudios de PET por carecer de la técnica necesaria, y el número de valoraciones de SPECT son todavía escasas por lo que se omiten los resultados, aunque pueda adelantarse la existencia de áreas de hipoperfusión coincidentes con la localización de las anomalías estructurales cerebrales y las alteraciones EEG.

El tipo de crisis observadas se expone en la Tabla 6, donde se advierte un marcado predominio de las crisis parciales complejas con y sin generalización secundaria que llega al 77% de los casos.

Tabla 6. Tipos de crisis epilépticas en la población autista

Semiología CríticaN%
Parciales complejas2032.8
Parciales complejas secundaria. generalizada1016.4
Generalizadas tónico-clónicas1119.0
Síndromes de West controlado58.2
Síndromes de West a Sínd. de Lennox-Gastaut46.6
Sindromes de Lennox-Gastaut inicial34.9
Miociónicas (Infantil/juvenil)46.6
Generalizadas ausencuas a 3 c/s23.3
Parcuales benignas rolándicas11.6
Parciales simples11.6

Algunos pacientes presentaban varios tipos de crisis, (síndromes de lennox-Gastaut, parciales complejas con y sin generalización secundaria, ... ), por lo que se decidió reflejar sólo el tipo más frecuente.

4. DISCUSION Y CONCLUSIONES

Los resultados de este estudio confirman la prevalencia de epilepsia en la población autista con una curva bimodal característica en la que aparece un incremento anterior a los cinco años de edad y otro, aún más importante, a partir de la pubertad-adolescencia, que muestra una clara inversión a la de la población general. Numerosos trabajos avalan estos hallazgos, siendo significativa la comparación entre los realizados por algunos autores en los seguimientos de las mismas poblaciones (Kanner 1943, 1971; Rutter, 1970; Rutter et al., 1967) en los que el aumento de edad de las muestras proporciona un incremento de las tasas de epilepsia. La mayoría de los trabajos ponen también de manifiesto la existencia de alteraciones cerebrales documentadas con pruebas neurofisiológicas y neurorradiológicas. Estos hallazgos sugieren la existencia de procesos neuropatológicos subyacentes que necesitan varios años para manifestarse, y que no es la consecuencia del retraso mental concomitante, sino que, por el contrario, el mismo proceso cerebral responsable etiológico del autismo y del retraso mental debe ser la causa de las crisis epilépticas, aunque se advierta un mayor riesgo de presentación en autistas con retraso mental más severo, lo que también se encuentra en poblaciones de retrasados mentales sin autismo, Posiblemente condicionado por la afectación cerebral más grave en ambas poblaciones.

Las investigaciones actuales sugieren que en el aumento de epilepsia en autistas muy jóvenes interviene, en gran parte, la existencia de esclerosis tuberosa como causa etiológica de ambos trastornos, que no siempre es sospechada, unas veces porque los niños al nacer son normales y es después, cuando desarrollan crisis epilépticas y presentan una regresión o fracaso para desarrollar las etapas normales, cuando aparece el trastorno autista (Riikonen y Amnell, 1981; Wing y Gould, 1979) y, en otras ocasiones, por no haberse desarrollado todavía las características faciales típicas del trastorno, o ser apenas perceptibles, aconsejándose tenerlo presente en niños autistas jóvenes con epilepsia y sospecharlo siempre ante la existencia de dos o más niños con autismo en una misma familia (en nuestra experiencia, dos pares de hermanos de distintas edades y en diferentes familias). Esta indicación debe de hacerse no sólo por las implicaciones del trastorno genético dominante en una familia que puede esperar más hijos, sino también porque otras complicaciones de la esclerosis tuberosa puede afectar a la salud futura del niño (Hunt y Shepherd, 1993).

La esclerosis tuberosa produce anomalías estructurales cerebrales tanto en áreas del córtex cerebral como en los ganglios basases y, en menor frecuencia, en cerebelo, que daría lugar a las alteraciones orgánicas y funcionales cerebrales que se han sugerido como responsables en la etiología del trastorno autista (Coleman y Giliberg, 1985; Hunt'y Dennis, 1987; Jambaque et al., 1991; Riikonen R y Amneli, 1981; Wing y Gould, 1979), existiendo la creencia de que la localización de las tuberosidades corticales puede ser más importante que el número total de las mismas por sus efectos sobre el lenguaje, la conducta y la función cognitiva para el desarrollo de autismo (Jambaque et al., 1991; Tuchman, 1994)

También es conocida la existencia de una correlación entre el síndrome de West y la instauración del trastorno autista con la típica parada o regresión del desarrollo psicomotor global, incluso en un porcentaje significativo de niños en los que las crisis y las alteraciones EEG parecen haber sido controlados, con medicación o con la resección quirúrgica de las displasias corticales responsables de las crisis. Las estadísticas actuales sugieren que los espasmos infantiles son secundarios a anomalías focales y que la extirpación quirúrgica del tejido cerebral patológico puede asociarse a una mejoría de la conducta, del lenguaje y del desarrollo (Chuggani et al., 1990; Morrel et al., 1989).

Durante la etapa en que surgen los espasmos infantiles (lo más frecuente, de cuatro a siete meses de edad) se ha descubierto que es el período del desarrollo cerebral en el que existen posiblemente la mayor cantidad de modificaciones neurobiológicas de extraordinario interés para la maduración normal del cerebro, (abundante mielinización y organización de los neuroblastos, actividad mitótica rápida, máximo crecimiento y desarrollo de las espinas dendríticas, duplicación de la cantidad de DNA en el SNC, abundancia de sinapsis excitatorias recurrentes y disminución de los procesos inhibitorios, ... ), lo que hace al cerebro más susceptible a los factores desencadenantes de las crisis y que se produzcan las graves alteraciones cerebrales en este síndrome (Riikonen, 1983) siendo, precisamente en esas edades, cuando parece descender el umbral convulsivo, lo que también se advierte en las crisis febriles.

Se ha especulado que la protuberancia estaría involucrada en la etiología de este síndrome al tener una multitud de interconexiones funcionales ascendentes y descendentes con el tálamo y el córtex (Fromm, 1987), ser la responsable de las fases del sueño REM, intervenir en el mantenimiento del tono flexor y extensor, estar involucrada en la sincronización del patrón EEG, participar en el equilibrio e interacción de neurotransmisores, etc., todo ello presente en este síndrome, lo que podría explicar, además, los efectos beneficiosos del tratamiento con ACTH y corticoides (Riikonen, 1983; Ross et al., 1983; Vining, 1990).

Sin embargo, no deben descartarse otro tipo de anomalías que por parecidos mecanismos subyacentes pueden producir alteraciones biológicas asociadas al autismo (neurofibromatosis, síndrome X-frágil, fenilcetonuria, infecciones, trastornos de la migración neuronal, ... ) que van a influir de manera determinante en la evolución y el pronóstico del sujeto autista, independientemente de la presencia o no de crisis, aunque su existencia deba considerarse como un marcador biológico de peor pronóstico.

Por otro lado, la comprobación de que muchos autistas presentan crisis parciales complejas sugiere la existencia de una neuropatología específica de estructuras del lóbulo temporal, siendo el hallazgo neurorradiológico más frecuente la esclerosis del hipocampo y áreas relacionadas (en el 50-70% de los casos) que, en muchas ocasiones, sólo es posible documentar varios años más tarde, sin que se conozcan todavía los mecanismos ficopatológicos exactos de esta alteración, habiéndose aducido padecimiento temprano de crisis febriles, hemorragia y/o hipoxia perinatal, status epilepticus, crisis repetidas antes de los cuatro años de edad, etc., que causaría el daño neuronal y facilitaría la instauración de una gliosis reactiva de esa área.

Las estrechas interrelaciones de los lóbulos temporales con otras estructuras cerebrales, Sobre todo con los lóbulos frontales y el sistema límbico y, consecuentemente, con las funciones específicas y complejas de estas áreas, referidas a la audición, la integración visual, los aspectos efectivos y emocionales, el control del lenguaje y de la memoria, la futurización y la conceptualización, etc., sugieren que la alteración funcional de los lóbulos temporales podría originar síndromes tan complejos como el trastorno autista (Diez Cuervo, 1982; Gómez Bosque, 1986; Hetzier y Griff in, 1981; WalSh, 1978).

Sin embargo, aunque la localización de alteraciones funcionales parezca residir en estas estructuras, la evidencia permite suponer que el trastorno autista es consecuencia de una afectación más global del encéfalo, habiéndose encontrado alteraciones estructurales y funcionales en casi todas las áreas estudiadas (hipoplasia del cerebelo, aumento de la fosa posterior, hipoplasia de los lóbulos vi y VII cerebelosos, atrofia del vermis cerebeloso, malformaciones corticales cerebrales, hipoplasia del tronco cerebral, agenesia y/o hipoplasia del cuerpo calloso, trastornos de la migración neuronal, etc.), además de las alteraciones funcionales en los estudios de SPECT y PET. Casi todos estos hallazgos o similares han sido también encontrados en pacientes epilépticos que no presentan autismo.

Igualmente, en estudios histopatológicos realizados principalmente en necropsias de autistas fallecidos por distintas causas, se han encontrado alteraciones estructurales significativas (despoblación neuronal, menor tamaño y distribución anómala de las neuronas, incremento de la glía, disminución de las dendritas gabaérgicas, esclerosis de la amígdala e hipocampo, disminución de las células de Purkinje en el cerebelo, etc.) con características semejantes a los hallazgos encontrados en piezas anatómicas resecadas a pacientes epilépticos intervenidos quirúrgicamente.

Por otra parte, estudios experimentales han demostrado que la gliosis y la despoblación neuronal son fenómenos que acontecen, de modo paralelo, en la maduración del foco epileptógeno, antes de que se inicie la actividad epiléptica, por lo que no son la consecuencia sino el origen de la actividad crítica. Este planteamiento podría explicar el que ciertos procesos orgánicos cerebrales subyacentes en el autismo (infecciones víricas, trastornos inmunológicos, alteraciones bioquímicas,..) necesiten tiempo para manifestarse en forma de crisis epilépticas. Es decir, existiría una causa primaria (metabólica, genética, infecciosa ... ) que originaría la alteración estructural o funcional cerebral responsable, por un lado, de las manifestaciones del trastorno autista y, por otro, conduciría a alteraciones orgánicas, más o menos focales (despoblación neuronal, pérdida de dendritas, gliosis, ... ), que daría lugar al establecimiento de la zona epileptógena en donde se produciría la irritación de las neuronas circundantes y la producción de la descarga hipersincrónica necesaria en la crisis epiléptica. Posteriormente, la alteración cerebral establecida y los mecanismos fisiopatológicos de las propias crisis epilépticas aumentarían y consolidarían la alteración cerebral epileptógena, confirmando que "toda crisis epiléptica es consecuencia de la anterior y la predisposición para la siguiente", teniendo en cuenta, además, que por causas genéticas o adquiridas, el sujeto autista podría tener un defecto crónico en los mecanismos personales reguladores del umbral convulsivo, con una disminución permanente del mismo, por lo que un estímulo excitatorio menor podría convertirse en un factor esencial desencadenante de la crisis.

El conocimiento actual de la transmisión genética de la predisposición para padecer crisis, ha dado lugar a la filiación de un número creciente de enfermedades, genéticamente determinadas, que originan cuadros de epilepsias sintomáticas, al igual que sucede en el autismo infantil, lo que sugiere la importancia de proseguir estos estudios con la intención de poder descubrir la existencia y localización de genes específicos, si es que existen, que podrían estar involucrados en ambos trastornos, lo que tendría un extraordinario interés preventivo y curativo.

Dr. Angel Diez Cuervo
Especialista en Neurología y Psiquiatría
Asesor Médico de las Asociaciones Nuevo Horizonte y Pauta
Avda. de Pablo iglesias, 24
28003 Madrid (España)

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